Mariquilla, Eduardo y Pepita.

Mariquilla, Eduardo y Pepita

El tren salía de noche, a las once y media. Venía de Algeciras e iba hasta La Junquera. Apestaba a tabaco y a productos regionales. Lo habitaban legionarios, traficantes y secretas. Pero nos llevaba por toda la España interior y, a mi, a Albacete. Era “el catalán”, que se guarda en la memoria de miles de andaluces y de españoles. En uno de sus compartimentos de tapicerías gastadas tenía mi asiento. Aún no había terminado el milenio y aún permanecían en funcionamiento esos trenes de recorridos interminables en vagones sesenteros.

Frente a mi, una señora pequeñita, enjuta, con unos ojos muy vivos y hermosos, vestida de tonos oscuros. Nos miramos. Miramos alrededor y todos estaban dormidos. No habíamos llegado a Linares cuando comenzó a hablarme. Y yo a escucharla. Mariquilla tenía un novio muy guapo y listo de joven, en un pueblecito de la Axarquía malagueña. Su novio era jornalero y se alistó para defender la República. Nunca más lo vio. A ella la casaron, para evitar la vergüenza de haber estado prometida a uno de los rojos del pueblo. La casaron por la Iglesia, con un hombre normal, que no era malo, pero no era su hombre. Pequeñita, divertida, vivaz y pizpireta, había mantenido la alegría por fuera y la tristeza por dentro.

Pero Mariquilla un día vio a su novio en una foto de una emigrante que volvió de Barcelona. Y había cogido el catalán para buscarlo. Tenía una pista del barrio donde vivía y de los bares a donde iba. Estaba convencida de que lo encontraría. Sus ojos se salían de las órbitas de imaginarlo.

Una semana después, en el tren de vuelta, en el mismo “catalán”, Mariquilla se sentó justo frente de mi. En un vagón distinto, pero frente a mi. Y volvió a mirar alrededor, esta vez de tarde, pero con los pasajeros también dormidos. No pude evitar preguntarle si había encontrado a su novio. Y ella dijo sí. Que lo encontró donde le dijeron y que estaba tan guapo y tan rojo como cuando eran jóvenes. Que estaba viudo. Pero que a ella le mareaban las avenidas grandes de Barcelona y que se tuvo que agarrar a una farola en Las Ramblas. Sus ojos estaban más vivos aún. Y sus arrugas parecían haber desaparecido levemente. Decía que era la más feliz del mundo. Que no hacen falta papeles para quererse ni espacio que compartir. Que el querer es más grande que todo eso. Y esto dicho en un andaluz vivo, limpio y centelleante. Y que a su pueblo volvía, a su casa en la sierra, con su parra y su alegría, y que se iba a morir ya mismo la mar de contenta.

Pocos años antes, siendo un chaval estudiante de Historia, henchido de esas ganas de cambiar el mundo, coincidí en aquella Izquierda Unida aún fresca de don Julio con Eduardo, o don Eduardo, como le llamaba todo el mundo. Militábamos juntos en aquella izquierda plural, él por Izquierda Republicana, la azañista, y yo como independiente, que era mucho más fino. Los dos compartíamos vagón, además, en la reivindicación de derechos de gays y lesbianas y en la fundación de algún colectivo. Se detenía a contarme historias en los descansos de las reuniones de programa, programa, programa, a las que muchas veces no volvía. Me decía que era su pequeño Federico, por aquello en lo que militaba y por la literatura con la que flirteaba (y flirteo) por entonces. D. Eduardo fue un republicano superviviente. Pasaba temporadas en la cárcel, unas por rojo y otras por maricón. Pero otras las pasaba en las fiestas de los años 40 y 50 de la alta sociedad cordobesa, donde cómo era joven, alto y guapo, servía de atracción a aquellos jovenzuelos de fina estampa y pañuelo de cachemira en la solapa que solicitaban sus encantos en casoplones del casco y de la vecina sierra. Porque el pecado no era nefando si eras falangista o marqués. En sus ratos de ocio iba al teatro y removía las pesadas cortinas para saber si algún actor en gira por provincias le correspondía, porque ése era el código de la España oculta de entonces. Llenas de polvo, las cortinas, servían de escondite y de transmisión de mensajes con un ligero vaivén de pasiones prohibidas. Sus flirteos, algunos compartidos por célebres artistas y literatos del paisanaje de aquellos decenios, se veían interrumpidas siempre ante la visita de algún ministro o del mismísimo Caudillo, momento en los que acababa con sus huesos en la cárcel en virtud a alguna de aquellas leyes franquistas de vagos o maleantes (entiéndase aquellos que no gobernaban). D. Eduardo era feliz sólo con vernos hablar de cambiar el país o de hacer besadas en la puerta de la Facultad no importa con quien. D. Eduardo vivió oculto y con penurias, alegre por fuera y triste por dentro, pero murió feliz, como Mariquilla.

Y ahora se nos va Pepita, a quien no conocí, pero a quien conocimos todos por la literatura y el cine. Su voz se oyó por muchos oídos y se vio por muchos ojos. Tampoco tuvo mucho tiempo de compartir felicidad con su amor. Le robaron el novio, se arriesgó con los maquis, esos nuevos guerrilleros libres y románticos que de tanto en tanto da el suelo ibérico, y consiguió compartir algunos años con él. Hoy recibía noticias de su velatorio, discreto, como ella. Algunos se acercaron a escuchar esa voz ya dormida. Pero esa voz, como la de Mariquilla, como la de Eduardo, habita en muchos de nosotros. Esa verdad hambrienta de justicia y necesitada de reparación, de cura, de medicina que apaga el dolor. Como el dolor de las palizas a su Jaime, que casi se veían en la palma de sus manos, por lo que cuentan. Ellos habitan en nosotros, habitan en mi. Y en todos los que seguimos en pie y guardamos memoria. Y palabras a raudales. Y que vengan a callar a Mariquilla, Eduardo y Pepita. Que lo intenten. Que no se van a callar, que usaran nuestras lenguas y nuestras manos, para contar y contar. Por escrito y de viva voz. Una voz que no duerme más.

Alberto de los Ríos
Profesor de Historia y concejal por Ganemos

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