Vértigo.

VÉRTIGO.

Siempre he sufrido vértigo. Desde pequeño me daban miedo las alturas y no me acercaba a los precipicios ni a la terraza de mi abuela en la sexta planta. Pensaba que era un tema de miedo a la altura y que, con la edad, remitiría. Sin embargo, esto no ha sido así.

Encuentro rápidamente una definición que caracteriza al vértigo como “sensación ilusoria de que las cosas externas están rotando o desplazándose alrededor de uno o de que es uno mismo quien está dando vueltas en el espacio” … “ es debido a una alteración de los órganos del oído que regulan el equilibrio o del sistema nervioso central”. Fantástico. Me la quedo. O sea que era una sensación ilusoria.

El cineasta británico Alfred Hitchcock también sufría esta  obsesión por dicha “sensación ilusoria” y la plasmó en una obra maestra con el mismo título, mostrando la parálisis a la que puede llevar esta patología o, más llanamente, sensación.

De un tiempo a esta parte, uno de los temas que me preocupan y , por qué no decirlo, casi me obsesiona, es el tiempo y la velocidad. Y es que, aunque intente uno no caer, es difícil no entrar de lleno en redes sociales de algún tipo, bien por afición, bien por obligación laboral. Grupos de wassup, telegram, o facebook te atenazan. La velocidad de las conversaciones hace que pierdas el hilo, si es que alguna vez lo hubo. Los antiguos debates a pie de taberna en los que al apoyar el codo y bajar el medio de Montilla-Moriles con una precisión inigualable o el golpe de abanico en la puerta de la casa en verano eran el prolegómeno de una sentencia crítica incontestable, han pasado a mejor vida, para ser sustituidos por largos debates escritos a horas intempestivas salpicados de iconos repetitivos y frases repletas de diminutivos aparentemente cariñosos, que pretenden hacer los asuntos importantes más “campechanos”. Cualquier tema se aborda de la misma forma, desde la fideuá de unas vacaciones familiares a una decisión política, y con las mismas maneras y, sobre todo a la misma velocidad. Vértigo me da. Y en ocasiones un vértigo que conduce a la parálisis.

Venía a mi mente este pensamiento una tarde cualquiera en la que me topé de frente con un banco repleto de adolescentes sentados unos sobre otros, portando unos smartphones estupendos y ante los cuales se afanaban con intensidad. Eso sí, estaban en silencio y ninguno miraba a los demás, porque estaban involucrados hasta el final en una conversación, que, por un comentario al aire, se vio verbalizada, con un “a ver lo que escribes en el grupo”, en alusión probable a la conversación escrita que se estaba produciendo. Es inevitable pensar en la extraña calificación de redes sociales a mecanismos de comunicación que hacen que un grupo humano no se mire a la cara ni se dirija la palabra. Vértigo me da. Y en ocasiones, un vértigo que conduce a la parálisis.

Veo que sigo siendo un iluso, o que tengo sensaciones ilusorias, del tiempo y de la velocidad con la que veo discurrir las ideas en tiempos recientes. Aparentemente, no caemos en la parálisis, sino en la acción fulgurante.

No estoy tan convencido de que esta acción se corresponda con un fluir de ideas, sino más bien en una respuesta inmediata a lo urgente, pero no a lo importante. Ocurre en la esfera privada y en la pública. Apenas nadie para el balón para pensar la jugada. Patada y adelante. Y que siga un devenir constante de acciones sin hilo. Y una falta de conexión de las mentes producidas por un sinfín de redes aparentes. Desconecto los datos. Sigo sufriendo el mismo vértigo.

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