Las ciudades visibles (II). La ciudad con memoria.

“En esta ola de recuerdos que reluye la ciudad se embebe como una esponja y se dilata. Una descripción de Zaira tal como es hoy debería contener todo el pasado de Zaira. Pero la ciudad no cuenta su pasado, lo contiene como las líneas de una mano, escrito en las esquinas de las calles, en las rejas de las ventanas, en los pasamanos de las escaleras, en las antenas de los pararrayos, en las astas de las banderas, cada segmento surcado a su vez por arañazos, muescas, incisiones, comas”

Italo Calvino, Las ciudades invisibles.

Una ciudad puede tener un largo pasado y no tener memoria. El pasado conforma los rasgos físicos y materiales de una ciudad, pero también los humanos. Un paseo por una ciudad es un paseo por su pasado y su presente. Cualquier rincón nos muestra detalles de distintos momentos en el pasado, en mucha mayor medida cuando esa ciudad tiene una rica historia en lo artístico y cultural. De manera que nuestro horizonte diario está lleno de señales del pasado. Pero eso no significa que los habitantes de esa ciudad guarden un relato coherente, rico y completo de su pasado, es decir, guarden una memoria individual y colectiva de la misma. Una ciudad es como un individuo, nace, crece, se desarrolla, tiene su plenitud y su decadencia y, en ocasiones, desaparece. Está llena de recuerdos, de heridas curadas y no curadas, de pasiones marchitas y en vigor. Cada detalle de su piel actual es fruto de lo ya vivido. Pero sólo si tenemos memoria, podemos interpretar las señales.

Sin memoria no hay referencias, orientación. Un habitante de una ciudad con memoria puede interpretar las señales, los detalles de la piel urbana, para poder caminar con sentido por sus calles. Sabe leer las calles estrechas y las grandes avenidas, las pequeñas plazas y los bulevares, los solares vacíos y los monumentos grandiosos. Porque son el predicado del sujeto que vive en la ciudad y la memoria es su verbo. De otra forma, el habitante de la ciudad, no sabría leer los signos y se perdería en la trama laberíntica de sus partes.

Las ciudades están construidas en muchas ocasiones en capas sucesivas, de más antigua a más moderna, como capas de una cebolla de piedra, ladrillo y argamasa. Los árabes y hebreos llaman a eso un “tell”, montañas de pasado. Habitamos sobre nuestras ruinas. Como en la vida de un individuo en la que se vive sobre los actos cometidos y los sucesos acaecidos, que han dejado heridas, cicatrices y señales en nuestra piel. Una ciudad con memoria es capaz de curar sus heridas. Es capaz de honrar el pasado esplendoroso y no ocultar las vergüenzas. Una ciudad con memoria honra a sus muertos y a sus muertes, no dejándolas ocultas en fosas ignominiosas sin descubrir. Honra a los perdedores más que a los ganadores y restaura su dignidad, porque son parte de nuestra historia, familiares de nuestros convecinos que caminan a nuestro lado. Una ciudad con memoria devuelve su lugar a aquellos que tuvieron que abandonarla o que sufrieron persecución o muerte y aún no les ha sido restituida la memoria, yacen aún en el subsuelo, fruto de la indignidada y la desmemoria voluntaria de los ciudadanos del presente.

El pasado de una ciudad es lo que construye nuestra realidad presente. el resultado del pasado es el presente. No podemos entender la ciudad sin un relato coherente de su pasado. Es necesario contar con un relato compartido que no resulte sólo de la erudición de algunos historiadores de uno u otro sesgo, sino del imaginario colectivo de sus habitantes. La imagen que tiene una ciudad de su pasado determina la visión que tiene sobre su carácter, sobre sí. Y puede ser un constructo paralizante, anclado en glorias pasadas o en supuestos caracteres deterministas. La memoria debe usarse para combatir la parálisis de la melancolía que se mece en un idílico pasado inamovible.

El historiador Arnold J. Toynbee citaba a algunas ciudades en el mundo como “ciudades de destino” universal, ciudades que han marcado la historia afectando a civilizaciones enteras en su desarrollo y dejando una huella en la memoria global. Y es que hay determinados momentos que marcan a una ciudad: la época de Pericles a Atenas, la época victoriana e imperial a Londres, el siglo X del Califato omeya a Córdoba… Esos momentos en los que la ciudad consigue marcar sus huellas en la memoria de una civilización entera son, a su vez, determinantes en la visión que tiene la ciudad sobre sí misma, y en su imagen al exterior. Cada ciudad elige cómo quiere presentarse al mundo, qué relato quiere contar de sí misma y de su pasado. Renegar u olvidar, maquillar la parte más esplendorosa, más viva, con más aportaciones al mundo, eliminando incluso los nombres de los edificios más emblemáticos, es extirpar el corazón de la ciudad misma. Es quitarse la vida, dejando como resultado una ciudad sin hálito vital.

Una ciudad con memoria no borra su pasado. Lo construye y reconstruye en forma de relato transmitible y lo deja como herencia a sus habitantes venideros. La memoria es para el futuro.

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