#Reiniciar España

Inmersos como estamos en plena guerra de banderas, naciones discutidas, discutibles, indiscutibles para cada uno, no sabe uno donde está exactamente. Buscando la independencia de nuestra ínsula (aunque aquí no hay Baratarias aún, esperando al banco malo…) se halla más de uno y más de dos.  Nuestras comunidades imaginarias (como señaló Anderson en 1983) andan de gresca. Y hete aquí que de tanto querer salir, acabamos entrando en uno de esos españolísimos conflictos de banderías de los que tantos ejemplos tenemos en nuestra historia reciente y no tan reciente.

Este choque de identidades, reales o supuestas, no es más que una reliquia de un esquema de pensamiento del siglo XIX, el estado-nación, al que imaginabamos periclitado, desfasado, pero que vuelve, limpio, fijo y con esplendor. En una época donde muchas y muchos nos sentimos más identificados con hábitos, costumbres e ideas compartidos globalmente, donde somos capaces de añadir identidades como prendas en un día de invierno manchego, saltan a la arena los defensores de las identidades exclusivas y excluyentes. Como si no hubiéramos compartido siglos juntos y hubiéramos tomado contacto unos con otros. Y como respuesta, oh sorpresa, un alarde de españolidad que hace que el tamaño y el número de las banderas rojigualdas inunde cada vez más nuestra geografía. Tu quieres tu estado-nación, yo tengo uno más grande.

En esta época de crisis económica (más moral que económica, pero eso es harina de otro costal) y nacionalismos efervescentes, la huida hacia la tribu y los cercanos es vista como un refugio donde guarecerse ante la caída de los palos del sombrajo dónde nos resguardábamos hasta dos días (cámbiese por el Estado de Bienestar, valores europeos, economía social y de mercado, predominio de la política sobre la economía,  respeto hacia el factor trabajo frente a capital…). Y es, sobre todo, un estupendo disfraz con el que travestirse en la huida de la mala gestión de lo público  y de la explicación de lo que nos ocurre y nos ocurrirá. Hablemos de banderas, del enemigo, del otro como culpable. Y no hablemos de lo que de verdad ocurre.

En este viejo terruño que compartimos gente muy diversa, de raíces comunes y diferentes, de lenguas variadas con raíces compartidas o no, es necesario un nuevo proyecto común basado en la diversidad y en una cantidad mucho menor de egoísmo. No es momento de disgresiones históricas, pero detrás de todos los conflitctos políticos territoriales desde el medievo ha habido un trasfondo fiscal de búsqueda de exenciones y de poca solidaridad de unos territorios con otros. Los territorios que guardan silencio son los que obtuvieron su premio desde antiguo y no piensan soltar presa (véase el tema foral navarro). Aunque duela, aunque hiera en lo profundo de las esencias, ¿no es el momento de hacer tabula rasa y construir un estado común desde la idea de ciudadanía y no de territorios? Un nuevo estado que se construyera de abajo arriba desde la idea de igualdad ciudadana y que tuviera como idea clave el respeto por todas las culturas, lenguas y formas de vivir juntos más abajo de los Pirineos. Llámenle federalismo, pero hace falta empezar de nuevo. Y sin tantas esencias. La identidad se vive hoy de forma más transversal y menos excluyente. Hay quien se siente catalán, español, europeo, y además se identifica con hábitos y costumbres de lugares lejanos. Sumar, no restar.

Y ya que estamos enfangados en empezar de nuevo, ¿qué tal si comenzamos una tercera revolución industrial verde y del conocimiento? Qué tal si abandonamos la dependencia energética del exterior y de unas compañías que con su ogipolio controlan los precios y no revierten apenas sus beneficios en este suelo tan patriótico. Podríamos empezar por las numerosas patentes españolas en terreno de energías renovables… o fomentando la producción particular de la energía que se conectara en red. A esto le podríamos llamar… “democracia energética”, es decir una forma distribuida de producción. Este modelo, que Jeermy Rifkin apuntó ya hace años como una Tercera Revolución Industrial (TRI) afectaría a cómo producimos todo, a cómo consumimos… a cómo enseñamos y cómo aprendemos, a cómo vivimos, en definitiva. Sin embargo, resulta sugestivo que este suelo en el que discutimos podría ser uno de los más proclives a ese cambio, tan cercano a nuestro modelo mediterráneo comunitario.

Y, por último, cambiemos nuestro modelo de lo público. No hagamos oposición entre lo público y lo privado, sino alianza. Puede que llegue el momento de menos administración  y más servicios públicos de calidad. Si algo cohesiona un estado-nación desde el siglo XV, y bien que lo sabían los monarcas de ese siglo y los siguientes, es una administración del Estado eficiente y una Hacienda bien organizada y extendida a todas las capas sociales sin exenciones a grupos privados. Ciudadanos bien provistos de educación y conocimiento y de una salud protegida, hacen nación y lo que sea necesario. Y esto no puede ser privativo de algunos, de unos pocos. Pero hay que gestionarlo bien, y no gastar lo que no se tiene. Un estado no puede caer en una deuda excesiva, si no se disuelve por incapacidad de responder a sus ciudadanos. Llamenlo la caída en el deudalismo (trasunto del feudalismo en nuestros días).

Veamos si hay líderes o movimientos sociales y políticos que se atreven a hablar de lo que de verdad importa. Reiniciemos ya. Que se hace tarde.

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