Una ópera española en varios actos.

El autor siciliano (e italiano) Andrea Camilleri hace una magnífica recreación del siglo XIX en su obra “La ópera de Vigàta”. En esta ciudad imaginaria de Sicilia tienen lugar una serie de hechos (entre ellos el incendio del teatro durante la representación de una ópera impuesta por el prefecto venido del norte y representante del nuevo estado central italiano. En una rocambolesca puesta en escena llena de corruptelas, adulterios más o menos encubiertos y con un lenguaje muy fresco (parece que en el original italiano el uso del dialecto siciliano es muy brillante…) salen a relucir todas las contradicciones de una sociedad dominada por clanes y castas que bien podía traducirse a la España de la Restauración.

Pero en plena novela aparece la siguiente descripición de el estado de ánimo de la isla en un informe secreto del jefe de policía de Palermo al Ministerio del Interior. “El espíritu público en general … es hostil al gobierno… o por lo menos acusa a los gobernadores de gravosos impuestos, del desorden financiero y del inexistente desarrollo de la industria y del comercio. Ni una industria nueva ha encontrado desarrollo y demandado brazos para el trabajo, ni las obras públicas han dado, en gran medida, pan a los obreros. Aquí es más una cuestión de pan y trabajo.También se empieza a pensar que no son los distintos hombres sino  las instituciones mismas la causa de la situación; de modo que, si por una parte los enemigos de la monarquía adelantan los puñales, si los federalistas mazzinianos piensan en la federación o en las regiones, no es escaso el número de los que piensan en la dictadura. Los nuevos impuestos generarán un mayor descontento.”

Sin duda, al lector español (y al italiano…) estás palabras ambientadas en el siglo XIX no le resultan extrañas. Más bien, le resultan de una actualidad pasmosa por la supuesta lejanía cronológica.

Y es que vivimos inmersos en una ópera en varios actos desde que se impusiera un modelo de democracia y un modelo económico basado en el oligopolio industrial y financiero que apoya a los dos grandes partidos que se turnan en el poder. Ese modelo surgido de la Transición que empieza a crujir debido a la fátiga de materiales y a la falta de mantenimiento del dinero europeo que tapó los boquetes que se abrían y que mantuvo el edificio en pie. Un modelo neodesarrollista de negocio inmobiliario  y turismo al que se añadieron las grandes empresas públicas privatizadas que son el armazón de las grandes multinacionales españolas. Entregadas a los aledaños del poder político por ambos partidos, han sabido recompensar a sus benefactores con puestos muy lucrativos en sus consejos de administración. Con la participación en el accionariado de los grandes medios de comunicación, el círculo del mantenimiento del sistema estaba cerrado. Primer acto.

Sin embargo, la actual crisis financiera devenida en crisis de deuda y reciclada en crisis económica general está dejando al desnudo las grietas y los boquetes. El “no nos representan” que se oyó en las calles españolas señala por donde camina el sentimiento popular. La elección de un nuevo gobierno trajo la ilusión de una pronta recuperación. Segundo acto.

Por el contrario, la supuesta recuperación tras la alternancia en el poder político no ha sido tal, sino una aceleración de la caída hacia la recesión, el rescate financiero y una intervención en ciernes. La población siente acelerarse la presión sobre sus recursos, recortar los derechos a una velocidad inusitada y se palpa la depresión social. Tercer acto.

Y en este punto, como en la ópera de Vigàta, se echa en falta ll desarrollo de “nuevas industrias” y la investigación en tecnología, el impulso público ( supliendo al privado en el crédito, por ejemplo), y, además, “los nuevos impuestos crean descontento”. Como en la pequeña ciudad siciliana del XIX, se empieza a pensar que no son los gobernantes, sino el sistema mismo y sus instituciones las que fallan. Queda por saber qué opciones tomará el “espíritu público” para manifestarse. Y si habrá incendio antes de terminar el último acto.

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