Geografía simbólica: un Ayuntamiento-Altar.

Los lugares no son neutros. Los símbolos tampoco. Vivimos una relación con el espacio que habitamos que está lleno de referencias de la organización de nuestro mundo. Símbolos de la estructura humana y económica de nuestros alrededores, de los grupos sociales que cohabitan nuestro espacio, de los poderes que muestran su ocupación del poder y su preponderancia y su permanencia en el tiempo. Quizás no sepamos leer este mapa, pero está ahí. Esta ahí afirmando en nuestro imaginario colectivo quién domina, quién controla, quién está. De ahí la enorme resistencia a la retirada de símbolos de otras épocas, de otros regímenes pasados.

En una ciudad del sur de España, donde aún resuena el estruendo de la caída de una entidad financiera en manos de la Iglesia Católica, donde aún es tarjeta de presentación en sociedad (y en mundo laboral) ser sobrino de canónigo, y donde alcaldesas comunistas procesionaban mucho antes que la castellano-manchega Cospedal, se ha instalado un altar dentro del Ayuntamiento.  Y no en cualquier lugar,  en un lugar bien visible y central donde todo ciudadano, al entrar, sienta la presencia de esas imágenes, de esos iconos bien reconocibles por todos. Para que todos recordemos, creyentes o no, qué ciudadanos son los que tienen derecho a instalar sus creencias en el centro de nuestro casa de todos, y quiénes no. No basta con adornar un balcón, tiene que situarse bien claro, dentro y en un lugar central, visible por todos.

Es probable que miles de personas que viven su religiosidad de manera íntima y a la vez pública, que muestran a todos su expresión artística de manera gozosa y compartida, no necesiten este alarde de dominio del espacio público. En una sociedad donde podemos desarrollar y expresar libremente en las calles nuestras diferentes formas de vivir, pensar e incluso, de orar, no se entiende que una de esas expresiones se sitúe como dominante en una espacio público, pagado por todos, creyentes y no creyentes.

Es una barrera que no se debería haber roto. Quién hace esto es consciente de que está enviando un mensaje y está rediseñando el mapa de nuestra geografía cotidiana. En ese mapa ha cambiado la leyenda. Donde dice Ayuntamiento de todos, dice ahora Ayuntamiento-Altar.  Un mapa que desorienta a muchos. Un mapa que, quizás, ya no represente bien nuestra convivencia. Las consecuencias de la ocupación de lugares públicos por las creencias privadas, probablemente, las veamos en el futuro.

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