Extremadamente agresiva

El día 29 de marzo es día de Huelga General. Se han producido muchas más huelgas generales en democracia, pero esta quizás habría que ponerla con mayúsculas. En mayúsculas porque, más allá de la reforma laboral objeto de huelga y mucho más allá de los sindicatos convocantes, es un momento clave. Trataré de explicar esta última afirmación.

Tras la crisis de las subprimes en EEUU y la extensión de la crisis financiera al resto del mundo occidental, parece que se ha instalado la sensación de que la solución de la crisis pasa por destruir el cierto equilibrio que, entre capital y trabajo, se había forjado, a duras penas, en Europa, especialmente tras la Segunda Guerra Mundial. Rescatemos a los bancos, disfracemos sus resultados, inyectemos dinero público (de una manera u otra, vía déficit o vía más deuda pública) pero hagamos presión sobre la fuerza de trabajo. Ésa es la vía adoptada. Estrategia que está teniendo un magnífico resultado para algunos grupos, ya que la riqueza se está concentrando en menos manos tal y como señalan las estadísticas recientes. La conclusión que se sigue de este “silogismo” es que pagan la crisis quiénes no la han creado, es decir, los asalariados europeos y, por ende, los españoles.
De esta manera, se rompen equilibrios frágiles entre las fuerzas productivas que pueden desembocar en una era de conflictos que no ayudarán precisamente a remontar la situación en que estamos. Quebrando negociaciones colectivas, facilitando el despido a quiénes padezcan problemas de salud repetidos en alguna fase de su vida o haciendo más económico el despido, se introduce más inseguridad y miedo, que no son características, desde luego, de ningún repunte del consumo, que tanto desean los que remachan la ideología economicista reinante.

Para añadir más ingredientes a esta receta de despropósitos, se lanza una campaña general bajo el lema, quien tiene un trabajo estable, es sospechoso. Es más, es un obstáculo para nuevos trabajadores. Que empiece la lucha, que el resultado depreciará el valor del trabajo resultante. Naturalmente, con regocijo de quién sacará beneficio de dicho trabajo.

Por supuesto, como marco general, se establece el paradigma, empresario emprendedor y productor, empleado=obstáculo caro para la creación de riqueza. Este antinomia o falsa contradicción es una idea inoculada desde hace tiempo en los medios y en la sociedad, y es la que hace aceptar como socialmente válidos y productivos los comportamientos económicos y morales de personajes como Jesús Gil en su tiempo, o José María Ruiz Mateos o Rafael Gómez, sin ir más lejos, aún hoy. “Crean puestos de trabajo”, señalan en consonancia con la idea anterior. Esta falsa contradicción que oculta el trabajo codo a codo de miles de trabajadores y pequeños empresarios que no se ven en absoluto como enemigos, aunque tengan intereses divergentes como es lógico.

Con todo esto, se elige un camino, un modo de pensar y concebir nuestra sociedad que nos remite a tiempos que creíamos ya pasados. Trabajadores sospechosos de ser rémoras de un mundo hiperproductivo de bajos salarios asegurados por el miedo al despido y gracias a la alta rotación laboral

¿No se pueden hacer reformas que se centren en cómo contratar más y no sólo en cómo despedir más fácil? ¿Tan difícil es hacer que a los pequeños empresarios les cueste menos contratar y tengan más facilidades? ¿No se podría elminar tanta dualidad en el mercado con un sólo tipo de contrato como piden muchos economistas desde hace años?

Puede que sólo estemos pensando en paradigmas pasados, tanto unos como otros. Un nuevo modelo de relaciones laborales más digno es posible. Un modelo que beneficie a pequeños empresarios y asalariados, a los que no hay que enfrentar tanto.

Este camino no es el acertado. La huelga del 29M es necesaria y urgente. Aunque no estemos con los convocantes ni tengamos muy claro que lo que hay (que sirvió como marco de la época dorada de la contratación cuando el crédito fluía a borbotones en España, por cierto) hay que oponerse a lo que el ministro De Guindos calificó como una “reforma extremadamente agresiva”. “Te va a gustar”, le espetó al Comisario Rehn. Pues a nosotros NO.

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