¿Viva la Pepa?

A día de hoy, todo el mundo se ha apuntado al carro de la celebración del bicentenario de la Constitución de 1812, la conocida popularmente como la “Pepa” (aunque algún historiador ha cuestionado reciéntemente el apodo). El caso es que dicha constitución ni tuvo tiempo para ser aplicada, tan sólo en breves periodos, y, no fue secundada ni apoyada por gran parte de la población que prefirió gritar “vivan las caenas”.

Pero hoy, con Borbón descendiente del ínclito Fernando VII incluido, nuestra clase política y gobernante, se dedica a aromatizar con incienso dicha constitución, como si la nación que emergió de Cádiz no hubiera tenido que sufrir casi dos siglos de sangre y sufrimiento para que muchos de sus principios se instalen con normalidad en nuestro lenguaje político. Y salen palabras de admiración y loa de bocas descendientes de todos los que lucharon para que esos principios no triunfaran, del rey abajo, muchos…

Pero quizás debamos alegrarnos, de que al paso alegre de la paz, muchos representantes de sectores tradicionalmente poco “liberales” hayan adoptado recientemente dicho término como definitorio de su ideario político y bandera ideológica. Bienvenido sea, en nombre de tantos liberales exiliados, fusilados y repudiados por tantos, de Mariana Pineda hasta hace bien poco.

Y es que en Cádiz surge una nación que toma las riendas de su destino por primera vez en la historia, sin intermediarios, sin paternalismos. Es el pueblo el que, en ausencia del soberano que detentaba la legitimidad, se declara dueño del poder, de la soberanía, delegándolo en los representantes en Cortes por sufragio universal (con todos sus problemas derivados de la guerra). Y esa nación, en armas, se hace mayor de edad y toma el relevo a la monarquía como detentadora exclusiva de la soberanía.

Hoy, esa soberanía delegada en nuestros representantes está en crisis. El contrato social establecido hace aguas. El déficit de representación está reflejado en una población que se manifiesta cada vez más enfrentada a unos representantes que se alejan de la población durante cuatro años y que cree debe copar todos los ámbitos de la vida pública modelando la realidad a través de medios de comunicación afines. Unos representantes que repiten comportamientos de anteriores representantes relevados por sufragio, y que, gracias a la ausencia de control sobre ellos, pueden disponer de la soberanía delegada, sin freno alguno. Unos representantes que parecen rendir cuentas a poderes lejanos, que conocen sus planes para los ciudadanos antes que los ciudadanos mismos. Unos representantes que pueden gestionar desastrosamente los recursos públicos sin sufrir ningún tipo de repercusión. Unos representantes que se saben todopoderosos durante, al menos, cuatro años más.

De ahí que, en un mundo como el de hoy, con los medios tecnológicos presentes, sea necesario implantar un sistema de transparencia y de control de la actividad de nuestros representantes. Que sea necesario consultar a la cuidadanía para decisiones de calado que afectan a todos. Todo esto es un componente de una nueva definición práctica de soberanía nacional. De una nación mayor de edad y adulta, del siglo XXI, que pide democracia real, no farsas, ni nuevas “caenas”. Así que sí, gritemos “Viva la Pepa”.

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