Irán, las nuevas revoluciones y la izquierda.

De todo lo que está sucediendo en Irán, tenemos unas noticias relativamente confusas. Pero lo que parece claro es que existe un movimiento social que camina en el sentido de la reforma y la modernización política. Probablemente, las pasadas elecciones son un ejemplo de un monumental “pucherazo”  que ha llevado a encontrar más votos que votantes. Si esto ocurriera en cualquier otro lugar, habría manifestaciones de solidaridad bastante extendidas auspiciadas por movimientos de izquierda, alterglobalización, etc. Pero esto no ha ocurrido en este caso.

Sin duda, los intereses de los países occidentales actúan, como no puede ser de otra manera, contra el actual dirigente y contra el actual status quo en el país. No hay duda de que, de alguna forma,  estarán actuando favoreciendo y alentando cualquier movimiento que haga caer el régimen.

Pero, aseverar, en silogismo deficiente, que las amplias manifestaciones que hemos conocido básicamente gracias a Twitter, Facebook o Youtube, son organizadas por agentes pro-occidentales, es, desde una perspectiva incluso de izquierda clásica, una simpleza bastante acongojante. Léase las declaraciones del presidente de Venezuela  a este respecto. De este argumento se sigue subliminalmente la justificación del uso de fuerzas paramilitares para reprimir de forma sangrienta a las poblaciones en rebelión.

Otra faceta interesante es la extracción social de los manifestantes y opositores callejeros. Por lo que sabemos y vemos sin más filtros que la noticia directa por la red, hay muchas mujeres y jóvenes de toda clase en los ámbitos urbanos. Es más complicado conocer lo que ocurre en las poblaciones rurales, como es habitual, pero parece que es dónde el apoyo a los sectores más duros del régimen de los ayatollah es más fuerte.

En este punto, un argumento que se ha podido leer y escuchar desde la izquierda es que se trata de una revolución de las élites ( o una contrarrevolución), una especie de Fronda moderna,  que tendría lugar para ocupar el poder político y económico, quizás con el apoyo de empresas y gobiernos occidentales.  Dicha argumentación pone de manifiesto una transposición de modelos de otro siglo a los fenómenos sociales contemporáneos. De esta forma, cualquier revolución que no provenga de una lucha de clases y de las clases desfavorecidas estaría deslegitimada. No hace falta decir que hemos tenido ejemplos de lo contrario en lás últimas décadas.

Es además otro ejemplo de análisis basado en razones economicistas exclusivamente, lo cual llama poderosamente la atención en sectores que reclaman justamente el establecimiento de relaciones más justas y humanas entre los pueblos que tengan en cuenta otros aspectos de la vida y no sólo el beneficio o las razones económicas.

En fin, estos son análisis que se hacen con un simplismo y esquematismo que perjudican muchisímo la causa de la justicia global. El antiyanquismo, los análisis de materialismo histórico y las analogías con sociedades occidentales del siglo XIX o XX no son instrumentos para la comprensión de fenómenos políticos de otros continentes en el siglo XXI.

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